martes, 8 de enero de 2008

BASTA YA DE TANTOS DISPARATES QUE DIFUNDEN ODIO E IRRACIONALIDAD EN TACNA

Es un deber moral hacer frente a mentiras y disparates

La Real Academia Española (RAE) define la palabra Disparate como: “Hecho o dicho erróneo, absurdo, ilógico”, y es precisamente de palabras y frases disparatadas que trataremos en el presente articulo. Pero antes una advertencia, este articulo no es un ataque personal a quien dice disparates diariamente en una radio local, es más bien una crítica constructiva a los dichos erróneos, ilógicos y absurdos que se dice impunemente, con una convicción que parece corresponder a un fanatismo sectario y peligroso. Algunos de los disparates que citaré y que han sido repetidos una y otra vez por quien presume de intelectual y adalid de la “cultura”, le provocaran a usted estimado lector, una sonora carcajada, incredulidad, indignación o asombro. A mi personalmente me provoca temor. Sí, temor a que jóvenes o niños crean en estos dichos absurdos y los incorporen en sus pensamientos, en su psiquismo. Las consecuencias a largo plazo son impredecibles, mientras más inmadura sea la mente del individuo expuesta a palabras ilógicas y absurdas, más se fijan en su mente, influyendo en sus actitudes y comportamientos. Pensamientos absurdos generan actitudes y conductas absurdas. He allí mi temor como profesional de la psicología. Temo ver a niños y jóvenes tacneños impulsados a cometer actos absurdos porque desde tempana edad fueron “bombardeados” por dichos y frases absurdas e ilógicas.
Cuando la propaganda de odio se dirige a la mente de niños, adolescentes o adultos, tarde o temprano termina convenciendo a una parte de aquellos, a los más susceptibles a las fantasías o al odio. Recuerde que el resentimiento y la frustración son la base psicológica donde los prejuicios y los estereotipos raciales o religiosos se fijan con fuerza. En publicidad esta táctica se denomina “el martillo”, y consiste en repetir y repetir frases y conceptos que a la larga terminan “fijándose” en la mente humana. Luego, al cabo de algún tiempo, el individuo repite sin reflexionar dichas frases asumiéndolas como verdaderas, sin cuestionarlas, sin dudar de ellas; y las asume, sin recordar siquiera cómo dichas frases o conceptos llegaron a su mente.
Estas tácticas son muy usuales en regimenes fascistas. En Alemania de Hitler, por ejemplo, el maestro de todos los propagandistas políticos de la historia, Joseph Goebbels, fue el artífice de que la mayoría de la población alemana, desde niños hasta ancianos, creyeran a pie juntillas la propaganda de odio contra los “parásitos judíos”, “los delincuentes gitanos”, “la superioridad de la raza aria”, “la sangre alemana es superior a todas las demás”, “nuestra raza, nuestro pueblo merece gobernar el mundo”, “los judíos son culpables de todo”, etc. La mayoría le creyó, unos pocos permanecieron incrédulos (pensaron por sí mismos) y otro sector de la población alemana llevaron esas frases a la acción. Citaré a continuación un episodio ocurrido en Alemania nazi en el año 1941 a Armin Lehmann, entonces un muchacho de 12 años y que lo narra en su libro “En el Bunker de Hitler: Testimonio de un niño soldado que vivió los últimos años del Führer”. El episodio lo cuenta así: “Vi a una anciana ciega judía, a quien los nazis le habían quitado su perro lazarillo, tratando de cruzar la calle, fui a ayudarle y cruzamos la calle. Un desconocido, tal vez dos o tres años mayor que yo, saltó de su bicicleta y me dio un puñetazo en la cara. Me gritó: - ¡No ayudes a la cerda judía!. Trate de defenderme y nos trabamos en una fuerte pelea!”. Este episodio nos demuestra como niños o adolescentes pueden ser influenciados por una ideología perversa, infame, asesina. Dicha ideología pretende afincarse aquí en la ciudad de Tacna, ciudad de pensadores e intelectuales tan ilustres por su sapiencia, inteligencia, tolerancia y respeto a los demás: Francisco de Paula Gonzáles Vigil, Jorge Basadre Grohmann, Rómulo Cúneo Vidal, Fortunato Zora Carvajal, José Jiménez Borja, entre otros.
Veamos ahora algunos disparates pronunciados en una radio local con tanta convicción que asusta, que sorprende: “El fútbol lo inventaron los masones para distraer a la población mundial mientras ellos elaboran estrategias para dominar el mundo”; “El terremoto que hace tres meses afectó las provincias de Pisco y Chincha fue provocado por un rayo que desde un satélite espacial fue disparado por judíos sionistas para destruir al Perú”; “A toda la población del mundo, los judíos sionistas le implantarán un microchip en el cerebro para controlarlos y dominarlos completamente”; “El símbolo aprista, la estrella, representa al sionismo internacional, puesto que el APRA es un invento judío”; “El marxismo y el capitalismo son creaciones judías”; “ningún judío murió en los campos de concentración nazis”, sigue un largo etcétera.
La historia nos ha dado lecciones suficientes que no se deben repetir. Basta de sembrar el odio racial o religioso. No es posible continuar siendo portavoz del odio en Tacna. Hacer apología al odio racial no es constructivo. Predicar odio diariamente, tratando de convencer a niños y adolescentes en edad escolar, organizándolos en grupos para ideologizarlos sobre la base del odio y los prejuicios no es ético y no es cristiano. Quien así lo hace no es padre, ni madre, no tiene sentimientos, o sufre de una severa perturbación mental.
Este artículo es un desafío intelectual para quienes siembran el odio. Desafío es para quienes dicen ser cristianos. Espero que mañana no aparezca mi nombre en una portada de un quincenario local tachado de narcotraficante, ladrón, masón o judío encubierto. Quienes se dicen cristianos no deben obrar de esa forma. Confío en que aquellos que se sientan aludidos por este artículo sean consecuentes con su prédica cristiana: No venganza, no calumnia, no persecución.
Rafael Enrique Azócar Prado

lunes, 7 de enero de 2008

"La psicología de masas del fascismo": Los mecanismos psicologicos para influir en la población

La psicología de masas del fascismo

Wilhelm Reich
La Jornada.
Traducción de Alfonso Herrera Salcedo T.

Para que los horrores no vuelvan a ocurrir conviene recordarlos y estudiar a fondo su génesis y su desarrollo. Por esta razón, consideramos necesario publicar esta nueva traducción (hecha por Alfonso Herrera Salcedo T.) de la Psicología de masas del fascismo de Wilhelm Reich. Por esta obra, el maestro de La función del orgasmo tuvo que huir de Austria y Alemania, y refugiarse en Estados Unidos, donde cayó en manos de McCarthy y sus sicarios. La clase media, la familia autoritaria, las empresas privadas y sus capataces y el estado totalitario se entrecruzan en este ensayo (que publicamos en dos partes) sobre la gestación del huevo de la serpiente. Otras sierpes andan reptando en estos primeros años del siglo XXI.
El Führer y la estructura de masas

Si, en fechas futuras, la historia de los procesos sociales le permitiera al historiador reaccionario especular sobre el pasado de Alemania, percibiría, sin duda, en el éxito de Hitler, entre 1928 y 1933, la prueba de que un gran hombre sólo logra trascender en la historia en la medida en que encienda a las masas a través de "su idea". De hecho, la propaganda del Nacional Socialismo se edificó sobre una "ideología del führer". La comprensión limitada de los propagandistas del Nacional Socialismo acerca de los mecanismos que los habían llevado al éxito correspondía, en igual medida, a su escaso entendimiento de las bases históricas del movimiento Nacional Socialista. Esto se observa claramente en el artículo que se publicó en esas fechas escrito por Wilhelm Stapel, miembro del Nacional Socialismo, cuyo título era "Cristianismo y Nacional Socialismo". En él afirmaba: "La razón misma por la que no se puede atacar al Nacional Socialismo mediante argumentos es porque se trata de un movimiento elemental; los argumentos tendrían efectividad sólo si el movimiento hubiese llegado al poder a través de la argumentación."

De acuerdo con esta peculiaridad, los discursos que se pronunciaban en los mítines del Nacional Socialismo destacaban por su habilidad para influir en las emociones de los individuos al interior de las masas y evitar, en la medida de los posible, cualquier argumento relevante. En varios pasajes de su libro Mein Kampf, Hitler subraya que las verdaderas tácticas de la psicología de masas se abstienen de cualquier argumentación y de enfocar la atención de las masas, en todo momento, en el "gran objetivo final".

La apariencia que reviste este último después de la toma del poder, se aprecia claramente en el fascismo italiano. Los decretos de Goëring en contra de las organizaciones de las clases medias, el desaire a la "segunda revolución" que esperaban los partisanos, el incumplimiento de las medidas socialistas que se habían prometido, etcétera, exhibieron la función reaccionaria del fascismo. El siguiente comentario nos muestra cuán poco entendía el mismo Hitler el mecanismo de su éxito:

«Esta amplitud de nuestros designios, de la cual nunca debemos alejarnos, en combinación con un énfasis constante y consistente, permite la maduración del éxito final. Entonces, ante nuestro asombro, contemplaremos los tremendos resultados a los que nos conduce tal perseverancia -unos resultados que casi están más allá de nuestro entendimiento (cursivas mías, WR).»1

Por esta razón, el éxito de Hitler, de ninguna manera podría explicarse sobre la base de su papel reaccionario dentro de la historia del capitalismo; de haber asumido ese papel abiertamente en su propaganda, habría obtenido unos resultados opuestos a los que perseguía. En términos de la psicología de masas, la investigación del efecto que producía Hitler debe partir del supuesto de que un führer, o cualquier paladín de una idea, puede ser exitoso ( desde una perspectiva histórica, o desde una que sea limitada), sólo si su punto de vista personal, su ideología o su programa son semejantes a la estructura promedio de una amplia categoría de individuos. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿qué situación histórica y sociológica constituye el génesis de estas estructuras de masas? A partir de ahí, las interrogantes de la psicología de masas se transfieren del terreno de la metafísica que representa la "idea del führer", hacia la realidad de la vida social. Sólo cuando la estructura de la personalidad del führer está en armonía con las estructuras de los grupos masivos, puede un "führer" escribir la historia. Que deje una huella permanente en la historia o tan sólo temporal, depende únicamente de saber si su programa sigue la dirección de los procesos sociales progresistas, o si se encarga de contenerlos. En consecuencia, nos hallamos en la ruta equivocada si intentamos explicar el éxito de Hitler basándonos únicamente en la demagogia del Nacional Socialismo que permitió la "desorientación de las masas", su "engaño", o si empleamos el término confuso y hueco de "psicósis Nazi", que utilizaron más tarde los comunistas y otros políticos. Se trata justamente de entender por qué las masas resultaron tan accesibles al engaño, a la confusión y a una situación psicótica. Sin un conocimiento preciso de lo que , no puede resolverse el problema. Afirmar que el movimiento encabezado por Hitler era un movimiento reaccionario no es suficiente. El éxito del nsdap ante las masas resulta inconsistente con este supuesto papel; ¿por qué razón varios millones de gentes habrían de respaldar su propia represión? Nos hallamos frente a una contradicción que sólo puede explicarse mediante la psicología de masas -y no por la política ni por la economía.

El nacional socialismo empleó diferentes medios en su trato con las diversas clases sociales, y formuló numerosas promesas según la clase social que necesitase en cada instancia. Por ejemplo, durante la primavera de 1933, la propaganda nazi enfatizó el carácter revolucionario del movimiento nazi, buscando atraer a la clase obrera; fue así como "aclamó" la fecha del 1 de Mayo, aunque previamente hubo de apaciguar a la aristocracia en Postsdam. Sin embargo, atribuir este éxito únicamente a la estafa política, implicaría enredarse en una contradicción respecto a la idea básica de la libertad y excluir, al fin y al cabo, la posibilidad de una revolución social. La pregunta que debe responderse es: ¿por qué las masas permiten que se les defraude políticamente? Tuvieron todas las posibilidades de evaluar la propaganda de los diferentes partidos. ¿Por qué no advirtieron que, al mismo tiempo que prometía a los trabajadores que los medios de producción les serían confiscados a sus dueños, Hitler le ratificaba a los capitalistas que sus derechos serían respetados?

La estructura personal de Hitler y la historia de su vida no tienen importancia para entender el Nacional Socialismo. Sin embargo, es interesante que el origen de clase media de sus ideas coincida, en lo esencial, con las estructuras de aquellas masas que las aceptaron con tanta avidez.

Como sucede en todo movimiento reaccionario, Hitler se basó en el respaldo de los diversos estratos de la clase media baja. El Nacional Socialismo exhibe todas las contradicciones que caracterizan a la psicología de masas del pequeño burgués. Las cuestiones que se plantean son: 1. Comprender las contradicciones en sí, y 2. Formarnos una idea de su origen común bajo las condiciones de la producción imperialista. Nos limitaremos aquí a analizar las cuestiones relativas a la ideología sexual.

Antecedentes de Hitler

El führer que encabezó la rebelión de las clases medias alemanas era hijo de un burócrata. Esta circunstancia nos lleva a un conflicto característico dentro de la estructura de masas de la clase media. Su padre deseaba que se convirtiera en burócrata; sin embargo, el hijo se insubordinó en contra del plan paterno y resolvió que no obedecería "por ningún motivo"; se dedicó a la pintura y, en el proceso, cayó en la pobreza. A pesar de ello, la rebeldía en contra del padre siempre estuvo acompañada por el respeto y la aceptación de su autoridad. Esta actitud ambivalente hacia la autoridad -rebelión en contra de, aunada a aceptación y sumisión- constituye un rasgo característico de todas las estructuras de la clase media, desde la pubertad hasta la edad adulta, y es especialmente pronunciada en aquellos individuos que provienen de situaciones materiales precarias.

Hitler habla de su madre con gran sentimiento. Afirma que lloró sólo una vez en su vida, cuando ella murió. Su rechazo al sexo y su idolatría neurótica de la maternidad son evidentes en su teoría sobre la raza y la sífilis. (Véase el siguiente capítulo).

Cuando era un joven nacionalista que vivía en Austria, Hitler decidió emprender la lucha en contra de la dinastía austriaca que había "eslavizado a la patria alemana". En sus polémicas en contra de los Habsburgo, la acusación de que existían varios sifilíticos entre ellos ocupa un lugar preponderante. Uno no le prestaría mucha atención a este factor, de no ser porque la idea del "envenenamiento de la nación", y su actitud en general acerca de la sífilis, se plantean una y otra vez y, más adelante, después de la toma del poder, constituyen un punto central de su política doméstica.

En un principio, Hitler simpatizaba con los socialdemócratas porque estos últimos encabezaban la lucha a favor del sufragio universal, lo que habría permitido el debilitamiento del "regimen de los Habsburgo" que él detestaba. Sin embargo, Hitler sentía animadversión por el énfasis de la Socialdemocracia en contra de las diferencias de clases, su rechazo de la nación, de la autoridad del estado, de la propiedad privada de los medios sociales de producción, de la religión y de la moral. Lo que finalmente lo condujo a apartarse de los socialdemócratas ocurrió cuando se le invitó a formar parte de un sindicato. Se negó y justificó su negativa demostrando por vez primera su perspicacia acerca del papel desempeñado por la Socialdemocracia.

Bismarck se convierte en su ídolo; había logrado la unificación de la nación alemana después de luchar contra la dinastía austriaca. Agrupaciones como la antisemita Lueger y la nacionalista alemana Schönerer jugaron un papel preponderante en el futuro desarrollo de Hitler. A partir de ese momento, su programa se basa en designios nacionalistas e imperialistas que intenta alcanzar a través de métodos diferentes, más indicados que aquellos que había empleado la antigua "burguesía" nacionalista. Los medios que utiliza están determinados por su reconocimiento de la efectividad del poder marxista organizado, y por su comprensión de la importancia que revisten las masas dentro de cualquier movimiento político.

«...Sólo hasta que la visión internacionalista del mundo -dirigida políticamente por el marxismo organizado- se vea confrontada por una visión popular del mundo, organizada y conducida con el mismo sentido de unidad y, suponiendo que la energía combativa sea equivalente en ambos bandos, habrá de inclinarse el triunfo hacia el campo de la verdad eterna. »

«...Lo que resultó determinante para el éxito de la visión internacionalista fue su conducción por parte de un partido político organizado en base a tropas de asalto; la causa de la derrota de la visión opuesta sobre el mundo se debió, hasta la fecha, a la ausencia de un cuerpo unificado que la representara. No es la libertad irrestricta para interpretar la visión generalizada, sino la opción limitante, pero integradora, de una organización política la que permitirá luchar por una visión mundial y conquistarla.»

Muy pronto, Hitler descubrió la inconsistencia de las políticas de la Socialdemocracia y la impotencia de los viejos partidos burgueses, incluyendo al Partido Nacional Alemán.

«Los partidos "burgueses", como se denominaron ellos mismos, nunca serán capaces de atraer a sus filas a las masas "proletarias"; estamos frente a dos mundos que se oponen, en parte de manera natural, y en parte como resultado de una división artificial, y cuya relación mutua sólo puede ser de lucha. El más joven será el victorioso -y de esto se trata el marxismo.»

Hitler se encontró frente a las siguientes interrogantes: ¿cómo llevar la idea del Nacional Socialismo a la victoria? ¿De qué modo podía combatirse el marxismo en forma efectiva? ¿Cómo se debe actuar para acercarse a las masas?. Con estas dudas en mente, Hitler apela a los sentimientos nacionalistas de las masas, pero, al mismo tiempo, decide desarrollar su propia técnica de propaganda y emplearla de manera consistente para organizar a las masas, como lo había hecho el marxismo.

Así, lo que él desea, -y lo admite abiertamente- es instaurar un imperialismo nacionalista, a partir de métodos que se apropian del marxismo, incluyendo su técnica de organización de masas. Sin embargo, el éxito de esta forma de organización de masas debe atribuírsele a las masas y no a Hitler. La estructura autoritaria del hombre, temerosa de la libertad, fue la que permitió que su propaganda echara raíces. Por ello, la importancia que adquiere Hitler en términos sociológicos no surge de su personalidad, sino de la importancia que le confieren a él las masas. Lo que torna aún más complejo el problema es el absoluto desprecio que le profesa Hitler a esas masas, de cuyo auxilio necesitaba para concretar sus ideas imperialistas. En lugar de esgrimir una serie de pruebas para demostrar este argumento, basta con una cándida confesión: "...el humor del pueblo no era más que el desecho de aquello que se canalizaba hacia la opinión pública desde arriba".

¿De qué forma estaban constituidas estas estructuras de las masas, para que, a pesar de todo esto, acabaran empapándose de la propaganda de Hitler?

Sobre la psicología de masas en la clase media

Establecimos que el éxito de Hitler no se debe ni a su "personalidad", ni al papel objetivo que desempeñó su ideología dentro del capitalismo. Por otra parte, tampoco se le puede atribuir al simple "ofuscamiento" que suscitó en las masas que lo seguían. Hemos puesto el dedo en el meollo del asunto. ¿Qué sucedía al interior de las masas como para llevarlas a seguir los dictados de un partido cuyo liderazgo, tanto de manera objetiva como subjetiva, era diametralmente opuesto a los intereses de la clase trabajadora?

Para responder a esta pregunta, antes debemos recordar que, durante su primera incursión exitosa, el movimiento Nacional Socialista se apoyó en las amplias capas de las llamadas clases medias, es decir, los millones de empleados públicos y privados, los comerciantes de la clase media y el campesinado de las clases bajas y medias. Desde el punto de vista de su base social, el Nacional Socialismo era un movimiento de la clase media, y lo fue en cualquier parte que surgiera, ya sea en Italia, Hungría, Argentina o Noruega. Es por ello que la clase media baja, que anteriormente se situaba al lado de las diferentes democracias burguesas, tuvo que haber experimentado una transformación interna que la llevó a cambiar su posición política. La situación social y la estructura psicológica asociada a ella en las clases medias bajas, nos permiten explicar las similitudes y las diferencias básicas entre la ideología de la burguesía liberal y los fascistas.

La clase media baja fascista es la misma que la clase media baja de la democracia liberal, pero en un diferente periodo histórico del capitalismo. Durante los años electorales, entre 1930 y 1932, el Nacional Socialismo obtuvo sus nuevos votos casi exclusivamente del Partido Nacional Alemán y de las pequeñas facciones partidistas existentes en el Reich alemán. Sólo el centro Católico mantuvo su posición, aún en la elección prusiana de 1932. No fue sino hasta esta última elección cuando el Nacional Socialismo logró también una incursión exitosa al interior de las masas de los trabajadores industriales. La clase media fue, y continuó siendo, el bastión de la esvástica. Esta misma clase, como defensora de la causa del Nacional Socialismo, fue la que irrumpió en la arena política y contuvo la reconstrucción revolucionaria de la sociedad durante la convulsión económica más severa que había experimentado el sistema capitalista (1929-32).La interpretación política de la reacción, en cuanto a la importancia de la clase media, fue absolutamente correcta. En un folleto del Partido Nacional Alemán, con fecha del 8 de abril de 1932, puede leerse: "La clase media tiene una importancia decisiva para la existencia del Estado."

Después del 30 de enero de 1933, la cuestión de la importancia social de la clase media fue ampliamente discutida por la izquierda. Hasta entonces se le había prestado muy poca atención a esta clase, en parte porque todos los intereses se enfocaban en el desarrollo de la reacción política y del liderazgo autoritario del Estado y, en parte, porque una línea de cuestionamiento basada en la psicología de masas era impensable para los políticos. A partir de ese momento, en diferentes ámbitos, se le otorgó paulatinamente una mayor prominencia a la "rebelión de la clase media". Al estudiar las discusiones sobre este tema, sobresalen dos puntos de vista: el primero afirmaba que el fascismo "no era sino" el partido guardián de la clase media alta; el segundo, sin restarle importancia a este hecho, hacía hincapié en "la rebelión de las clases medias"; a consecuencia de ello, los exponentes de esta tesis fueron acusados de omitir el papel reaccionario del fascismo. Para sustentar tal acusación, se mencionaba el nombramiento de Thyssen como dictador económico, la disolución de las organizaciones económicas de la clase media y el rechazo a la "segunda revolución"; en síntesis, se hacia referencia al carácter reaccionario sin ambages del fascismo, que se volvió cada vez más evidente y pronunciado desde finales del mes de junio de 1933.

Ciertos elementos ocultos se evidenciaron durante estas discusiones tan acaloradas. El hecho de que, al hacerse del poder, el Nacional Socialismo se mostró, cada vez más, como un nacionalismo imperialista cuyas intenciones eran las de eliminar cualquier contenido "socialístico" que tuviera el movimiento, y prepararse para una guerra con todos los medios a su alcance, no se contradecía con el hecho de que el fascismo tenía respeto por sus bases populares y que, en realidad, constituía un movimiento de la clase media. Si no hubiese prometido luchar en contra del gran capital, Hitler nunca habría logrado el apoyo de las clases medias. Obtuvo su respaldo para conseguir la victoria porque estaban en contra de ese gran capital. Debido a la presión que ejercieron las clases medias, las autoridades se vieron obligadas a adoptar medidas anticapitalistas, del mismo modo que, más tarde, tuvieron que abandonarlas bajo la presión del gran capital. Si no se distinguen los intereses subjetivos de las masas que conforman la base de un movimiento reaccionario, de la función objetiva reaccionaria -los dos se contradicen uno al otro pero se reconcilian bajo el manto de la totalidad del movimiento nazi- no es posible comprender todo esto. El primero tiene que ver con los intereses reaccionarios de las masas fascistas, mientras que el segundo se refiere al papel reaccionario del fascismo. Todas las contradicciones del fascismo se originan en la antítesis de estas dos facetas del movimiento, del mismo modo que su recomposición en una figura única, el "Nacional Socialismo", caracteriza al movimiento de Hitler. Dada la necesidad del Nacional Socialismo de hacer hincapié en su carácter de movimiento de clase media (antes de su llegada al poder e inmediatamente después),de hecho fue anticapitalista y revolucionario. Sin embargo, no despojó al gran capital de sus derechos y, ante la urgencia de consolidar y mantener el poder que había alcanzado, su función en pro del capitalismo se llevó cada vez más al primer plano hasta que, finalmente, el movimiento se convirtió en el partidario más acérrimo del imperialismo y del orden económico capitalista. Sobre el particular, resulta del todo irrelevante saber cuántos de sus líderes tenían una filiación socialista honesta o deshonesta (¡de acuerdo a su definición de esta palabra!), al igual que carecía de importancia saber cuántos de entre ellos eran impostores consumados y traficantes del poder. Una política radical antifascista no puede basarse en estas consideraciones. Todo lo necesario para entender el fascismo alemán y su ambivalencia, podía aprenderse a partir de la historia del fascismo italiano, ya que éste último mostraba también la reconciliación, en un todo, de estas dos funciones, contradictorias en sentido estricto.

Quienes niegan la función de las masas como base del fascismo o no le conceden la importancia que amerita, se quedan atónitos ya que, en su opinión, la clase media que no posee los principales medios de producción y que no trabaja con ellos no puede convertirse en una fuerza motriz permanente de la historia y, por lo mismo, debe oscilar entre el capital y los trabajadores. No comprenden que la clase media puede ser y es "una fuerza motriz de la historia", tal vez no de manera permanente, pero sí temporal, como lo hemos aprendido del fascismo italiano y alemán. No sólo nos referimos a la demolición de las organizaciones obreras, a los innumerables sacrificados y a la irrupción de la barbarie; más allá de todo esto, el fascismo impidió que la crisis económica se tradujera en un levantamiento político, en una revolución social. Dicho claramente: mientras mayor sea la amplitud e importancia de los estratos de la clase media de una nación, más decisiva será su participación como una fuerza social efectiva. A partir de 1933, y hasta 1942, nos hallamos frente a la paradoja de que el fascismo había sido capaz de aventajar al internacionalismo revolucionario social como un movimiento internacional. Los socialistas y los comunistas estaban tan seguros del progreso del movimiento revolucionario en relación con el de la política de la reacción, que cometieron un rotundo suicidio político, aunque eran guiados por las mejores intenciones. Este punto amerita una atención muy particular. El proceso que ocurrió durante la última década en las diversas capas de la clase media en todos los países, merece una atención mayor que la opinión tan banal y trillada de que el fascismo constituye la reacción política llevada al extremo. La simple constatación de la naturaleza reaccionaria del fascismo no permite el desarrollo de una política opuesta que resulte efectiva, como se demostró ampliamente con los sucesos ocurridos entre 1928 y 1942.

La clase media se involucró en los acontecimientos e hizo su aparición como fuerza social a través del fascismo. Por lo mismo, lo que importa, no son los propósitos reaccionarios de Hitler o de Göering, sino los intereses sociales de los diversos estratos de la clase media. Dadas las características de su estructura, la clase media posee un poder social que supera ampliamente su importancia económica. Se trata de la clase encargada de preservar nada menos que millares de años de patriarcado y de perpetuarlo con todas sus contradicciones.

El simple hecho de que exista un movimiento fascista es, sin duda, la expresión social del imperialismo nacionalista. No obstante, para que este movimiento fascista se convirtiera en un movimiento de clases y que lograra, además, tomar el poder (cumpliendo, a partir de ahí, su función en pro del imperialismo), debió contar con el apoyo absoluto que recibió de la clase media. Sólo al tomar en cuenta estas contradicciones y antítesis, cada una por separado, es posible comprender el fenómeno del fascismo.

La posición social de la clase media está determinada por: 1. Su posición dentro del proceso capitalista de producción. 2. Su posición dentro del aparato autoritario del estado. 3. Su particular situación familiar que depende directamente de su posición en el proceso de producción, y que representa la clave para entender su ideología. Sin duda existen diferencias en la situación económica de los pequeños campesinos, de los burócratas y de los empresarios de clase media, pero la naturaleza básica de su situación familiar es la misma.

Durante el siglo XIX, el veloz desarrollo de la economía capitalista, la rápida y continua mecanización de la producción, la amalgama de las diversas ramas productivas en sindicatos monopólicos y mutualidades, representa el origen de la pauperización progresiva de los pequeños comercios y negocios de las clases medias bajas. Incapaces de competir con las grandes empresas de mayor rentabilidad económica, las pequeñas firmas se arruinaron sin posibilidad alguna de recuperación.

"La clase media no puede esperar de este sistema sino una aniquilación despiadada. La cuestión es la siguiente: o nos hundimos todos en la profunda y gris desolación del proletariado, en donde todos poseemos lo mismo, es decir casi nada, o bien la energía y la aplicación le permitirán de nuevo al individuo estar en posición de adquirir una propiedad, gracias al arduo trabajo. ¡Clase media o proletariado! ¡Esta es la cuestión!" - tal fue la advertencia de los Nacionalistas alemanes antes de la elección para la presidencia de la república en 1932. Los Nacional Socialistas actuaron con menor descaro; en su propaganda evitaron instigar una división marcada entre la clase media y el grueso de los trabajadores de la industria; este enfoque resultó más provechoso.

La lucha en contra de las grandes tiendas desempeñó una función preponderante en la propaganda del NSDAP. La contradicción entre el papel del Nacional Socialismo en favor de las grandes empresas, y los intereses de la clase media de la que derivaba su principal apoyo, se aprecia en la conversación de Hitler con Knickerbocker:

«Las relaciones germano-americanas no habrán de depender de una mercería cualquiera [refiriéndose a la situación de la tienda Woolworth en Berlín] ... la presencia de ese tipo de empresas promueve el bolchevismo... destruyen a numerosas empresas pequeñas. No las sancionaremos por estos motivos, pero pueden estar seguros de que sus empresas de esta naturaleza que se establezcan en Alemania, recibirán el mismo trato que las empresas alemanas similares.» 2

Las deudas de las empresas privadas con los países extranjeros representaban una enorme carga para la clase media. Dado que su política exterior dependía de la solución de las reclamaciones extranjeras, Hitler favorecía el pago de estas deudas privadas; no obstante, sus partidarios demandaban la anulación de las mismas. Por ello, la clase media baja se rebeló "en contra del sistema", en alusión al "régimen marxista" de la Socialdemocracia.

A pesar de la urgencia de los estratos inferiores de la clase media -bajo la presión de la crisis- de formalizar alianzas organizativas, la competencia económica que enfrentaban las pequeñas empresas operaba en contra del establecimiento de un sentimiento de solidaridad equivalente al de los trabajadores industriales. Como consecuencia de su situación social, el individuo de la clase media baja no podía aliarse ni con su propia clase ni con los obreros. No podía hacerlo con su clase porque, al interior de ella, reinaba la ley de la competencia, y tampoco con los trabajadores, porque su mayor temor era precisamente la proletarización. Sin embargo, el movimiento fascista logró construir una alianza dentro de la clase media baja. ¿Cuál fue la base de esta alianza en cuanto a la psicología de masas?

Hallamos la respuesta a lo anterior en la posición social de los empleados públicos y privados de la clase media y baja. La posición económica del empleado promedio es inferior a la de los trabajadores industriales calificados; esta situación más precaria, de algún modo se ve compensada por la exigua perspectiva de hacer carrera y, en el caso de un empleado gubernamental, por una pensión vitalicia. De modo que, bajo la autoridad del gobierno, prevalece una actitud de competencia hacia sus colegas, lo que se contrapone al desarrollo de la solidaridad. La conciencia social del empleado no está influenciada por el destino que comparte con sus compañeros de trabajo, sino por su actitud respecto al gobierno y a la "nación". Ello se traduce en una total identificación con el poder del Estado 3 y, en el caso del empleado de una compañía, en su identificación con la misma. Es tan sumiso como el trabajador industrial. ¿Por qué, entonces, no desarrolla un sentimiento de solidaridad como sucede con el trabajador de la industria? Esto se debe a su posición intermedia entre la autoridad y el conjunto de los trabajadores manuales. Aunque es un subordinado de los que se encuentran en la cima, para los que se sitúan por debajo de él, constituye un representante de la autoridad y disfruta, como tal, de una posición moral (y no material) de privilegio. En términos de psicología de masas el arquetipo de este personaje en el ejército es el sargento.

Los mayordomos, valets y otros empleados de las familias aristocráticas de estas características, son un ejemplo flagrante del poder de esta identificación. Al adoptar las actitudes, la forma de pensar y el porte de la clase dominante, experimentan un cambio radical y, en su afán de minimizar sus orígenes humildes, a menudo se convierten en una caricatura de la gente a la que sirven.

Esta identificación con la autoridad, la empresa, el Estado, la nación, etcétera, que puede formularse como "Yo soy el Estado, la autoridad, la empresa, la nación", constituye una realidad psíquica, y es una de las mejores ilustraciones de una ideología que se ha convertido en una fuerza material. Al inicio, la idea misma de imitar a sus superiores es la que estimula la mente del empleado o del oficial pero, gradualmente, a causa de su creciente dependencia material, toda su personalidad se remodela de acuerdo a los lineamientos de la clase dominante. Deseoso en todo momento de complacer a la autoridad, el individuo de la clase media baja crea una división entre su situación económica y su ideología. Vive bajo condiciones materiales muy precarias, pero asume aires de nobleza hacia afuera, muchas veces hasta caer en el ridículo. Se alimenta de mala manera y en cantidades insuficientes, pero le otorga una gran importancia a una "vestimenta decente". El sombrero de seda y el abrigo de vestir se convierten en el símbolo material de la estructura de su personalidad. Y nada es más adecuado para obtener una primera impresión de la psicología de masas de un pueblo que su manera de vestir. La actitud obsequiosa que caracteriza, de manera específica, a la clase media baja es la que distingue al hombre de esta clase del trabajador industrial.4

¿Qué tan lejos llega esta identificación con la autoridad? Ya hemos constatado que dicha identificación existe. Sin embargo, la cuestión es saber hasta qué punto -más allá de las condiciones económicas existenciales que lo afectan directamente- los factores emocionales refuerzan y consolidan la actitud del individuo de clase media baja, al grado de que su estructura no varía en tiempos de crisis, e incluso cuando el desempleo destruye la base económica inmediata.

Afirmamos anteriormente que las posiciones económicas de varios de los estratos de la clase media baja son diferentes, pero que los rasgos fundamentales de su situación familiar son los mismos. En esta situación familiar es donde encontramos la clave de las bases emocionales de la estructura descrita anteriormente.


Notas

1 Adolf Hitler, Mein Kampf, traduccción de Ralph Manheim, Houghton Mif. Flin Company, Boston, 1943, p. 185.
2 Después de la toma de poder, durante los meses de marzo y abril, las multitudes saquearon los almacenes, pero, muy pronto, los líderes del NSDAP pusieron un alto a estos actos. (Prohibición de la interferencia autocrática en la economía, disolución de las organizaciones de la clase media, etcétera)
3 Por identificación, el psicoanálisis describe este proceso como aquel donde una persona comienza a sentirse como una sola entidad con otra persona, acepta sus características y actitudes y, en sus fantasías, se sitúa en el lugar de ella. Este proceso trae consigo un cambio real en la persona que resiente la identificación, ya que "interioriza" las características de su modelo.
4 Esto sólo se aplica a Europa. La adaptación de las costumbres de la clase media por parte de los trabajadores industriales en Estados Unidos cancela las fronteras que existen entre ambas clases.

¿Por qué es necesario destapar la brutalidad neonazi?

¿Por qué es necesario destapar la brutalidad neonazi?

Tomado de:
http://www.elmundo.es/elmundolibro/2003/11/12/no_ficcion/1068650737.html


A continuación reproducimos, por cortesía de la editorial Temas de Hoy, la introducción al libro 'Crímenes de guerra. Violencia skin y neonazi en España”,de Esteban Ibarra.

"No hace mucho tiempo recibí una llamada de la editorial Temas de Hoy para invitarme a escribir este libro. Acababa de participar en la presentación del Diario de un skin, de Antonio Salas, seudónimo de un periodista de investigación infiltrado en el movimiento neonazi español. Durante la conversación que mantuvimos me plantearon la idea de dar testimonio por escrito de las vivencias que mis palabras proyectaron en aquella presentación, en especial sobre la dura y trágica realidad de las víctimas de los crímenes neonazis en España. No tuvieron que esforzarse en convencerme, tan sólo era cuestión de encontrar tiempo y dar el empujón suficiente para abordar una tarea que, aunque estaba pendiente, tenía profundamente asumida como un compromiso vital. Ese es el punto de inicio de este libro.

Sin embargo, su verdadera elaboración comenzó mucho antes, el 13 de octubre de 1992. En esa fecha una noticia saltaba a todos los medios de comunicación: una inmigrante dominicana, Lucrecia Pérez, había sido asesinada en Aravaca (Madrid) por un grupo skin-neonazi. Como un resorte automático, saltó un dispositivo psicológico entre quienes reaccionamos ante ese bárbaro crimen que conmocionó a todo el país, un dispositivo mental que nos decía que había que parar esa violencia que nos amenazaba a todos. Los viejos demonios de un pasado duro y cruel para muchas personas que vivieron la transición democrática en España -un periodo poco explicado, en especial en lo referido a los crímenes cometidos por ultras y tramas negras que en aquellos tiempos atacaban a demócratas y tomaban las calles- parecía que volvían a estar presentes en nuestro país, amenazando esta vez no tanto a la democracia como a los ciudadanos, especialmente a los diferentes y a los más débiles e indefensos.

En efecto, en poco más de una década los sucesos criminales protagonizados por grupos neonazis se han multiplicado, y no hay ciudad en nuestro país que no haya notado su presencia. Se han producido decenas de asesinatos de gentes diversas, atacadas por grupos de cabezas rapadas, autenticas jaurías; ha habido centenares de víctimas graves por toda España, miles de agresiones brutales en las noches urbanas. Sin embargo, todos estos sucesos, escasamente apreciados en su verdadera dimensión, se han interpretado y saldado institucionalmente como hechos aislados cometidos por descerebrados bajo la ingesta de alcohol y pastillas. Las víctimas del neonazismo emergente, además de la violencia, han tenido que padecer la incomprensión administrativa y el silencio, cuando no la indiferencia de las instituciones. Estamos, sin ningún género de dudas, ante una asignatura pendiente de nuestra democracia.

A través de estas páginas proyecto mi actitud, a veces incomprendida, que se basa en un triple compromiso: en primer lugar, la defensa de unos valores en cuyo epicentro sitúo los derechos humanos y, lógicamente, la igual dignidad de todas las personas, la libertad y solidaridad. A su vez establezco un compromiso con las víctimas, con aquellos a quienes la intolerancia golpeó salvajemente hasta arrancarles la vida, destrozando también a sus familias y amigos, y convirtiendo también en afectada a una ciudadanía que asiste impotente a la tragedia. Finalmente es también un compromiso conmigo mismo, con el devenir de mi experiencia, que ha transcurrido entre episodios dolorosos e impactantes cada vez que algún grupo neofascista acabó con la vida de compañeros que luchaban por la libertad en aquella transición insuficientemente contada. Por todos ellos, en mi mente hay una idea fija: trabajar por alcanzar aquel ¡Nunca más!

Ese empeño frente al neofascismo de siempre, hoy vestido de xenófobo y racista, que elige como objetivo a inmigrantes, homosexuales, negros, indigentes o simplemente a jóvenes que se cruzaron por el camino con esas bandas neonazis, me llevó a crear el Movimiento contra la Intolerancia, que en sus orígenes estaba dedicado prioritariamente a los jóvenes y que con posterioridad ampliaría todos sus horizontes sociales. A continuación me deslicé al ámbito directo donde se mastica el dolor, a trabajar personalmente en su Oficina de Solidaridad con las Víctimas. Es realizando esta labor cuando he comprendido la verdadera dimensión del problema. He visto tanto daño y sufrimiento causado por la locura de la sinrazón neonazi, que he aprendido no sólo a temer, sino a luchar contra su verdadero y único protagonista: el odio.

En estas líneas maldigo a quienes lo infunden, a quienes lo alimentan, a quienes lo comunican, a quienes lo organizan y a quienes lo ejecutan, porque lo único que siembran es dolor irreparable y desconfianza en el género humano. A todos ellos mi repudio y, desde la posición en la que hablo, desde la empatía con las víctimas, en especial con los que perdieron la vida, en su nombre reclamo, hoy y siempre, nuestro derecho a la justicia y a la memoria. Y prevengo a la ciudadanía de esas criaturas de la doctrina del odio que se sienten raza superior, que son la expresión viva y actual de pasadas tragedias que descalifican la condición humana, los genocidios y, en especial, el holocausto. También advierto de la existencia de nefastas escuelas del odio que siguen generando aprendices comprometidos y ejecutores de crímenes que rememoran aquellos crímenes. Ante toda esta malignidad invito a las gentes a no caer en el hastío y a implicarse en un compromiso cívico permanente por la libertad.

En consecuencia, este libro ha de interpretarse desde la única perspectiva y posición que me permito para hablar sobre este problema, que como ya he dicho es el compromiso con las víctimas. No estamos ante un documento de análisis del neonazismo y los skinheads, aunque es preciso analizar aquellos aspectos que nos ayuden a interpretar la brutalidad de sus acciones; tampoco es una investigación de la lógica interna del funcionamiento de esos grupos-sectas que glorifican a Hitler y se consagran al racismo, aunque es preciso investigar, sobre todo para demostrar a policías, fiscales, jueces e instituciones que los graves crímenes que cometen estas bandas no son simples broncas juveniles. Para analizar e investigar indudablemente hay otros textos publicados de gran interés, pero este es un libro de denuncia y reivindicación que realizo en nombre de los que ya no pueden hablar porque han sido asesinados, en nombre de los que no hablan porque sufrieron tal violencia que quedaron mudos, y en nombre de quienes, amenazados y en soledad, vivieron con impotencia el abandono institucional. En nombre de todos, denuncio, acuso y reivindico.

Hablando hace tiempo con Violeta Friedman, judía y superviviente del campo de exterminio nazi de Auschwitz, además de profunda amiga y presidenta de honor del Movimiento contra la Intolerancia, sobre el surgimiento de grupos neonazis en España y de las víctimas que estaban generando, me insistía reiteradamente en que teníamos el deber moral de contarlo a los ciudadanos. Sus palabras todavía resuenan en mi cabeza, así como su ejemplo de valor enfrentándose al líder de los nazis españoles, León Degrelle,1 antiguo oficial de las inhumanas Waffen SS y fundador del rexismo en Bélgica, que vivía afincado lujosamente en Benalmádena (Málaga). Esta actitud valiente supuso para nosotros no solo un estímulo, sino la enseñanza del camino que hay que recorrer para defender la convivencia democrática.

Junto a los supervivientes de aquella gran tragedia del holocausto, que produjo miles de víctimas españolas (de los que cada vez y con los años van quedando menos por razones de edad), se encuentran las nuevas víctimas del odio ocasionadas por las nuevas criaturas del nazismo. Violeta Friedman siempre nos exhortaba a hablar a los jóvenes de este problema: "¿Y quién si no puede explicar a las nuevas generaciones la profunda maldad de esta ideología criminal? Al menos después de conocer la verdad, aquellas gentes que abracen sus dogmas oscuros ya no podrán sostener que lo hicieron engañados o por ignorancia. Todos los que actúen con pleno conocimiento y tal vez con el deseo inherente de matar, serán responsables y, por tanto, plenamente culpables".

Emplazados a la tarea, no había lugar a dudas. Conocedores del pasado y plenamente conscientes del presente, el imperativo ético nos mandaba escuchar su ruego, en el que nos confiaba esta responsabilidad, diciendo: "Espero que las nuevas generaciones puedan continuar mi trabajo. Que no nos olviden". Hasta su muerte, Violeta Friedman siempre colaboró en nuestra acción educativa y nos animó a perseguir los crímenes neonazis, llevándolos a los tribunales de justicia. Recuerdo su interés por las víctimas, cuando hablaba con las madres y los padres de los jóvenes asesinados por cabezas rapadas. Ella fue la primera persona que llamó a mi teléfono móvil tras conocer la sentencia del juicio a un skin por el asesinato de Aitor Zabaleta, para felicitarnos y mandar un beso a la familia del joven donostiarra. De sobra sabía que luchar contra la impunidad es fundamental y que ese era el camino.

Este libro es ante todo un testimonio combativo y solidario con las víctimas de la intolerancia, que son las grandes olvidadas a las que sólo se hace referencia en el momento del suceso. Porque hay quienes quieren reducir el problema a eso, a un suceso, más o menos trágico, pero un simple suceso. Por el contrario, y cuando menos, a las víctimas es a quienes se debe justicia, respeto y memoria porque su vida, que podía haber sido la nuestra o la de cualquier otra persona, fue arrebatada por quienes quieren acabar con la libertad de todos, empeñados en su megalomanía de crear la raza superior y, en su defecto, proceder a una limpieza étnica construyendo Estados racialmente homogéneos. En suma, y para entendernos, que nos quieren instalar en un genocidio permanente. En este sentido debe quedar claro mi mensaje a los skin-nazis: ni sois gloriosos, ni sois guerreros, ni sois valerosos. Simplemente sois gentes que, arropados en el anonimato y en el grupo, habéis perdido el alma. Los neonazis son sólo jóvenes sin piedad cuya ideología les ha transformado en psicópatas morales. Nadie puede encontrar nada de honorable en quien quema a un mendigo mientras duerme, en quien apuñala a un joven por llevar melena, o en quien dispara a bocajarro a un inmigrante por su color de piel. No entro en si les utilizan o no. Es lo más probable, pero esto no es lo importante: sólo hay que señalar que tienen uso de razón para saber cuándo su conducta es maligna. Ante su actitud, sencillamente una advertencia: siempre habrá una ciudadanía solidaria y democrática que reaccione, exija que se penalicen sus delitos y trabaje por erradicarlos.

En la primera parte de este libro nos acercaremos a los sujetos del odio, al rostro violento del racismo y a su práctica natural, la "caza del diferente"". En la segunda parte nos sumergiremos en sus crímenes, en especial en aquellos casos que más llegaron a conocimiento de la opinión pública. Por último, un acercamiento a la necesaria respuesta penal y a la insuficiente respuesta del Estado de Derecho ante este problema, con el drama de la víctima y su entorno familiar y con la necesaria respuesta ciudadana. Insisto, este no es esencialmente un libro sobre neonazismo; sí lo es sobre sus consecuencias en términos de violencia y crímenes racistas. Que nadie busque un tratado; en cambio, sí se encontrarán múltiples testimonios, algunos muy duros, de quienes nunca estarán entre nosotros porque fueron asesinados por el odio. En las últimas páginas se incluye también una cronología de la violencia ultra que nos permite observar la persistencia en el tiempo de estos crímenes, una aproximación de la simbología y el lenguaje críptico del odio, y un listado muy actual de páginas racistas en Internet y grupos neonazis.

Doy las gracias especialmente a mi abogado y amigo Marco Gómez de la Serna, protagonista de esta lucha en los tribunales de justicia, y a los comprometidos compañeros y compañeras del Movimiento contra la Intolerancia, que día a día se sumergen en los centros escolares hablando con los adolescentes y neutralizando el odio y la violencia. También a los periodistas que nos han acompañado en la denuncia, a aquellos particularmente significados, como Mariano Sánchez Soler, Alfonso Ojea, Antonio Salas (seudónimo) y tantos otros, algunos a su vez también víctimas, como muchos cámaras y reporteros gráficos cuyo trabajo nos ha permitido visualizar el odio. Y doy las gracias, desde luego, a Iñaki Gabilondo y a su equipo, pues siempre conté con su apoyo. Agradezco su apoyo a todos mis amigos, que son muchos, inmigrantes, homosexuales, negros, gitanos, judíos, protestantes, musulmanes y católicos, hippies, demócratas y ciudadanos de bien, por tomar parte en este combate esencial contra el fanatismo y la intolerancia. A todos mi ánimo y para todos mi respeto.

Sin embargo, la iniciativa ciudadana, aun siendo necesaria, no es suficiente, y en consecuencia, desde estas primeras líneas, no quiero dejar de reivindicar que el Estado debe enmendarse la plana y ejercer su compromiso como garante de la convivencia democrática y los valores constitucionales, y como protector de los ciudadanos. El Estado debe actuar a fondo ante el problema del neonazismo. La inexistencia de organismos especializados de policía, la escasa formación sobre estos temas de jueces y fiscales, junto a la ausencia de instrumentos de seguimiento y análisis, hacen poco menos que imposible luchar eficazmente contra los arrogantes grupos racistas y neonazis que tanto daño social están provocando. Espero sinceramente que este libro contribuya a lograr que tomen conciencia del problema y corrijan sus insuficiencias.

Finalmente dedico este esfuerzo a todos los profesores y a las familias, animándoles en la labor de educación en la tolerancia y para la convivencia, para que entre todos desterremos el racismo y la violencia, animándoles a exhortar a nuestros adolescentes y jóvenes a ese compromiso que Bertolt Brecht nos legó en su lecho de muerte con sus últimas palabras, donde nos manifestaba que:

"Una cosa he aprendido, y sé al morir que es válido para todos: ¿Qué significan vuestros buenos sentimientos si no hacéis nada con ellos? ¿Y qué será de vuestra sabiduría si no tiene ninguna consecuencia? Yo os lo digo: Preocupaos, cuando abandonéis este mundo, no de haber sido buenos. Eso no basta. ¡Hay que haber dejado un mundo bueno!""

la sexualidad anormal de Hitler: aquí está el origen de sus frustraciones

LA SEXUALIDAD DE HITLER


Tomado de: http://www.temas-estudio.com/hitler-psicologia/

La inquina hacia el recuerdo del Führer nazi es tal que en algunos documentales biográficos modernos (como por ejemplo el emitido hace algunos años por Mundo Olé ) se presentan escenas que, puestas en cámara lenta y en retroceso, parecen mostrar gestos feminoides del Dictador, tratando de sembrar la idea de homosexualidad (lo cual, desde luego, no tendría nada de malo si fuera verdad).

Recientemente, un libro sensacionalista de Lotear Matchtan (2004/2004) —rápidamente traducido al español, lo que denota el morbo que despierta este tema— vuelve a traer a colación el asunto de la

supuesta identidad secreta “gay” de Hitler. Parece que las mismas personas que abominan al nazismo por su discriminación racial utilizan la discriminación homofóbica para añadir supuestos baldones a su imagen.

Por ejemplo ya Rauschning (1940/1940), en Hitler me Dijo , que es el testimonio de un ex-funcionario nacionalsocialista .entonces ya emigrado., hacía algunas alusiones malintencionadas al respecto de la sexualidad hitleriana. Las siguientes citas del libro de este hombre que, por propia confesión, no se atrevía a chistar cuando estaba ante la presencia de su Führer, son sólo pequeñas muestras, aclarando que las palabras en cursiva son señaladas por mí:

... Goering tuvo siempre una actitud opuesta a la de Hitler, y... en el círculo de sus amigos íntimos, no tenía empacho en expresar groseramente su opinión sobre el “ loco afeminado ”. (p. 78)

Su boca arrojaba espuma; jadeaba como una mujer histérica y eructaba exclamaciones entrecortadas... (p. 82)

Fue la merienda tradicional de las familias alemanas. Hitler hacía de dueña de casa . Sosegado el espíritu, casi amable. (p. 84)

Recuerdo una frase de Forster, el amigo íntimo de Hitler. “Bubi” Forster, el niño terrible entre los gauleiters: “Ah, si tan siquiera Hitler pudiera saber cuan agradable es tener entre los brazos a una joven en flor... Ese pobre Hitler ”... Me guardé de hacerle ninguna pregunta. (p. 223)

Pero Rauschning no calculaba varias cosas que podrían mellar la credibilidad de sus “confidencias”: 1) no hay otro registro alguno de que Goering se expresara así de Hitler en privado; 2) el histerismo puede ser común a hombres y a mujeres por igual, así que calificarlo de “mujer histérica” suena a insulto vulgar tanto a Hitler como a las mujeres en general, y 3) posteriormente se descubriría que Forster, a quien atribuye una conducta de mujeriego, era, sí, un auténtico homosexual.

Pese a que sí se sabe que uno que otro individuo del círculo dirigente nazi era homosexual (especialmente los jefes de las SA que fueron asesinados en “la noche de los cuchillos largos”), como por ejemplo Roehm, Heynes y el mismo Forster; realmente no hay la menor prueba sólida de que el Dictador alemán lo fuera.

Es más, durante la dictadura hitleriana se persiguió a los homosexuales y era notoria la aversión personal del Führer hacia ellos: en una ocasión, con Hossbach (el autor del famoso Protocolo Hossbach ), Hitler le replicó hablando sobre uno de sus Generales investigado por el servicio secreto: “Ud. Se equivocó. Von Fritsch no es sólo un ser desviado, sino también un embustero. Claro que todos los homosexuales son embusteros” (Brissaud, 1975/?, p. 186).

Sin embargo, queda como un misterio la verdadera conducta sexual del Dictador nazi. Ciertamente se codeó con muchas mujeres y generaba reacciones histéricas de adoración en gran parte de las asistentes a sus mítines, mas no se le conoce con certeza romance alguno en el sentido convencional, excepto, en parte, los tenidos con su sobrina Geli y con Eva Braun; y ni aun en los mejores momentos de la relación de Hitler con ésta última hubo demostraciones de afecto íntimo entre ellos en público. Aunque algunos indicios llevan a considerarlo un sadomasoquista que sometía a sus amantes a crudas experiencias (Shirer, [1983/1959], al parecer Hitler embebido en la política nunca se preocupó eróticamente demasiado por las mujeres, al punto que muchos lo consideraban “neutro” o “asexuado”. Davidson (1981/?), consigna que durante su juventud el futuro Canciller expresaba su disgusto por la prostitución cuando pasaba por las zonas rojas de Viena, y Gunther (1939/?) anota que Hitler veía a las mujeres más como amas de casa o madres, comportándose con ellas como un caballero dado al besamanos “y nada más”.

Vallejo-Nágera (1980) dice al respecto lo siguiente:

La vida íntima de Hitler ha dado lugar a muchas elucubraciones. En parte debido a que Hitler fue siempre extremadamente discreto, en parte porque con su gran instinto propagandístico comprendió que una aureola de misterio en torno a su persona era muy conveniente para montar sobre ella las invenciones de la propaganda y, en parte, porque se veía obligado a ello al tener en verdad “algo que ocultar”. (pp. 18-19)

Lo que Hitler tenía que ocultar sólo puede conjeturarse. El informe de la autopsia de Hitler, hecho por los médicos soviéticos y misteriosamente guardado hasta 1968 (lo que después de todo suscita sospechas de fraude), indica la ausencia de un testículo, defecto congénito que no implica disfunciones mayores, pero que a nivel psicológico puede ser devastador.

Los investigadores franceses Charlier y de Launay (1980/1979) esbozan una posible explicación de la conducta sexual del líder nazi fundados en ello, anotando que había cierta constancia en la relación de Hitler primero con mujeres maduras o “amigas maternales” como Winifred Wagner, y después con mujeres-niñas como Geli Raubal o Eva Braun. Señalan que:

Si admitimos la existencia de un complejo de origen psíquico o físico, su preferencia por las mayores, que lo perdonan todo, y después por las adolescentes, que no saben nada y aceptan las explicaciones de un héroe de la guerra, puede explicar la adaptación de nuestro hombre. (p. 74)

Otras pistas llevarían a la hipótesis de una sífilis, posiblemente contraída en la Primera Guerra Mundial cuando Hitler era soldado. Según eso, los síntomas mentales y físicos del Dictador durante los últimos años de su vida (delirios, alucinaciones, temblores, etc.) se deberían a un estado terciario de esta enfermedad.

De cualquier manera había algo extraño relacionado con la autoimagen sexual de Hitler. Datos conexos a esto que confirmarían la existencia de un complejo psicológico son sus dos hábitos inveterados: por un lado rehusaba absolutamente ser visto en ropa de baño (o desnudo frente al masajista), y por otro cuando estaba en actitud de espera acostumbraba tomarse las manos a la

altura de la ingle, pose en la cual aparece en una gran cantidad de fotografías.

Lo cómico es que muchos de sus subalternos lo imitaron, como si se tratara de un gesto eminente. Algo así como la mano de Bonaparte metida en la solapa.

"valientes" nazis golpeando en el suelo a un hombre judío. Y en Tacna hay quienes aprueban esto. ¡Que verguenza!