domingo, 9 de mayo de 2010

RESPUESTA AL ETNOCACERISMO. PARTE II

El deseo de reconstitución del Tahuantinsuyo destruido en el siglo XVI no es desconocido para los historiadores y etnólogos peruanos. En la década del 60’ y 70’ diversos intelectuales recogieron a lo largo de los andes peruanos distintas versiones de un mito popular denominado Inkarri, que venía difundiéndose por vía oral desde fines del siglo XVIII y que consiste en la esperanza de reconstitución del “orden social del Tahuantinsuyo” que fue “quebrado por los españoles al momento de la conquista”. Este mito implica la esperanza de que algún día, cuando “los cuatro miembros del cuerpo despedazado y la cabeza del Inca se reconstituyan nuevamente”, el Señor de los Cuatro Suyos y sus ejércitos derrotarán a los españoles y los expulsarán definitivamente de estas tierras”. Quienes creen en la vuelta del Inca abrigan el ferviente deseo de restaurar “el orden, la armonía y la organización social, económica y política del antiguo Imperio Inca”. Se cree que este “mundo feliz” se quebró a la llegada de los españoles, y que éstos sólo habrían traído a estas tierras desolación, muerte, dolor y, sobre todo, caos. El mito del Inkarri representa la esperanza de subvertir el orden (desorden) que impusieron los conquistadores europeos para “volver a vivir como lo ancestros andinos y ser gobernados por un Inca de estirpe cusqueña”.
Don Isaac Humala, el patriarca de la familia Humala Tasso, debió conocer este mito y lo habría inculcado a sus hijos (especialmente a Antauro) de modo que aunque no lo hayan formulado de modo explicito, el deseo de restauración del Estado Inca subyace en la ideología etnonacionalista, la presencia del mito del Inkarri se puede leer entre líneas en los escritos de Antauro y sus seguidores.
Hace unas semanas, luego de conocer la sentencia al líder etnonacionalista por el asalto y toma del la comisaría de Andahuaylas, uno de sus dirigentes aquí en Tacna declaró que, entre otros beneficios que traería para el Perú un triunfo de la “revolución etnonacionalista” estaría la posibilidad de “volver a vivir como en tiempos de los Incas, sin minas ni contaminación” (sic). Señaló resueltamente que “sólo el etnonacionalismo restauraría el Tahuantinsuyo y que Antauro gobernaría el Perú como en tiempos del Inca”.
Estos deseos restauradores de viejos imperios o gobiernos no sólo ocurren en el Perú. En Irak, por ejemplo, un partido político ha proclamado su deseo de “luchar por la restauración del Califato de Mesopotania”. En Italia, desde hace más de una década, las autoridades romanas vienen organizando desfiles anuales que recuerdan el paso de los gladiadores por las calles de Roma aprestándose a ingresar al coliseo romano para teñir con su sangre las arenas de este anfiteatro y así deleitar a los miles de romanos y romanas que disfrutaban del sangriento espectáculo.
En el caso peruano, los jóvenes etnonacionalistas están contagiados por una ilusión restauradora, por una inocente creencia, por un utópico retorno. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás. El tiempo avanza, las sociedades y las gentes cambian. Ya no hay Incas de estirpe real, ya no hay Yanas ni Curacas, ni Vilac Umo (Sumo Sacerdote), ni Ñustas en los Acllahuasis, ni Mitmacunas trasladados a cientos de kilómetros de su terruño. El Tahuantinsuyo o Estado inca ya es cosa del pasado, no regresarán las gloriosas campañas militares al sur de Chile ni al norte de Ecuador. No volveremos a ver interminables desfiles de niños y niñas que, mediante el rito de la Capacocha, iban al Inticancha a ser sacrificados en honor al Inca. Ya no se celebrarán los matrimonios masivos donde el Inca llegaba a una provincia y unía a cientos de jóvenes con sólo tomarles de la mano y ordenándoles vivir juntos a partir de esta sencilla ceremonia. No retornarán las guerras de sucesión entre los hijos del Inca que se desataban en el Cusco y que implicaban la muerte o el destierro de cientos de parientes o potenciales competidores a la mascaipacha. Ya no emprenderán los funcionarios y arquitectos Incas aquellas construcciones ciclópeas que ahora nos enorgullecen. Ya no habrán Incas tan prolíficos que podrían tener decenas o cientos de hijos e hijas. Por ejemplo, Huayna Cápac tenía decenas de hijos e hijas en muchas provincias de su vasto Imperio. Quiero mencionar a una de sus hijas más célebres: Inés Huaylas Yupanqui (como fue bautizada por Pizarro) llamada originalmente Quipe Sisa, quien fue hija de este Inca y de Contarhuacho, poderosa y rica curaca de los Huaylas (Departamento de Ancash).
El retorno del Inca sólo es un mito que muy probablemente los etnonacionalistas lo encarnan en Antauro. Pero para desengaño de sus ilusos seguidores, el Perú actual es una república en proceso, es una promesa de país inclusivo que busca ser bienhechora para todos sus ciudadanos.
Sabemos que es difícil creer en el desarrollo del Perú, pues hay razones para el pesimismo. Hay incertidumbre acerca del futuro del país, cunde la desesperanza y se tiene la sensación que vamos hacia el despeñadero, pero es conveniente que busquemos la transformación del Perú de cara al futuro, asimilando los avances científicos, sociales y políticos sin mirar al pasado, sin anhelar el viejo sueño de la restauración del imperio andino No esperemos una vana e imposible vuelta del Inca.